Difusión de noticias e investigaciones relacionadas a la Antropología, Arqueología, Patrimonio e Historia a nivel mundial.

"
Si queremos lograr una cultura más rica, rica en valores de contrastes, debemos reconocer toda la gama de las potencialidades humanas, y por lo tanto tejer una sociedad menos arbitraria, una en la que la diversidad del regalo humano, encuentre un lugar adecuado." Margaret Mead

julio 28, 2013

Desde los Marcano hasta el presente: los estudios de figurinas y cráneos deformados del Lago de Valencia

Por: María Camico


Desde aproximadamente la segunda mitad del siglo XIX, los artefactos encontrados en o alrededor del Lago de Valencia, han llamado la atención de investigadores nacionales e internacionales. Ante la falta de pirámides y grandes centros ceremoniales como los encontrados en Mesoamérica, los montículos de tierra, las figuras antropo y zoomorfas y las grandes urnas funerarias, fueron y continúan siendo de gran interés para los arqueólogos.

La cuenca del Lago de Valencia es, sin lugar a dudas una de las regiones históricas con mayor tradición de investigación arqueológica en Venezuela y ha sido de las primeras en ser estudiadas. El material allí recolectado comprende tanto vestigios cerámicos, líticos y óseos. Es comprensible, entonces, que compartan antecedentes y es importante estudiarlos en conjunto como parte integral de esta investigación.

La ultima década del siglo XIX y las primeras tres décadas del siglo XX fueron de vital importancia en el desarrollo de los estudios antropológicos en Venezuela. Para el año 1887, Vicente Marcano en compañía de Alfredo Jahn y Carlos Villanueva, realizaron diversas prospecciones arqueológicas en los Valles de Caracas y de Aragua, lo cual trajo como resultado, entre otras cosas, la descripción y posterior estudio de los montículos habitacionales y funerarios de Tocorón, La Quinta y La Mata en la cuenca del Lago de Valencia. Con estos estudios se realizan por primera vez en el país, una excavación arqueológica donde se describe el contexto excavado y se aplican pruebas químicas para descifrar el origen de los sedimentos presentes (Gordones y Meneses, 2007).


Estas investigaciones verían luz posteriormente en la publicación de la obra Etnografía Precolombina de Venezuela en 1889 por parte del hermano de Vicente Marcano, Gaspar (Vargas, 1986). Básicamente se describe los artefactos ornamentales, cerámicos, líticos y funerarios e incluye elementos de arqueología, antropología física, etnohistoria y zooarqueología por lo que constituye la obra más importante de su época. En ella se esboza en líneas generales que los indígenas que habitaban en la región eran robustos, de baja estatura y practicaban un tipo de deformación artificial en la cabeza que afectaba fuertemente la frente; además tenían costumbres fúnebres variadas, que acompañaban de comidas funerarias realizadas alrededor de los montículos. Indica que las tribus que habitaban las orillas del Lago de Valencia son las más desconocidas puesto que el proceso de exterminio post contacto fue tan grave, que poco se pudo saber de sus costumbres. Hizo análisis osteológicos y osteométricos de los restos hallados y señala que la determinación de su sexo le fue fácil debido al marcado dimorfismo sexual que observó de los análisis óseos. Pone especial atención a la presencia de cráneos deformados, cuyo número, según su apreciación, es casi igual que los no deformados pero no especifica la proporción de hombres y mujeres que practicaban la plástica deformante. También describe detalladamente las figurinas encontradas, que son todas femeninas, y que presentan un tocado que parece indicar el uso de tablas deformantes, motivo que lo lleva a compararlas con los cráneos descritos (Marcano, 1971).

Alfredo Jahn (1932), llevó a cabo excavaciones en la orilla oriental del lago  de Valencia entre los meses de enero y marzo de 1903. Estaba comisionado por el actual Museo Etnológico de Berlín, concentrándose específicamente en los yacimientos de El Zamuro y El Camburito. Reportó la existencia de aproximadamente 50 o 60 montículos, pero de ellos sólo 20, según su propia descripción, estaban aptos para la excavación. Consideró Jahn los artefactos recuperados en sus excavaciones, como de origen arawak, que habitaban en el noroeste de Venezuela, y también que las vinculadas culturalmente con los caquetíos, sin ofrecer argumentos que pudieran sostener esta hipótesis (Wagner y Gasson, 1997).

Para comienzos de los años treinta del siglo XX, el prolífico y fantasioso Rafael Requena publica Vestigios de la Atlántida (1932), donde, aparte de su hipótesis de que las figuras y cráneos deformados correspondían a un pueblo descendiente de los antiguos atlantes, hace una muy buena descripción de todos los objetos y los restos óseos recolectados. Se interesa por los montículos del área y encarga a Mario del Castillo para dirigir los trabajos. Este médico venezolano observó por primera vez figurinas suramericanas en París, en el Museo del Palacio del Trocadero en 1904. Cuando, preparaba su tesis doctoral sobre la lepra y, al notar las protuberancias sobre el cuerpo de algunas, las asoció con esta enfermedad. En 1930, Requena liderizó excavaciones en sitios como Los Tamarindos, Los Cerritos, El Cascabel, El Charral, entre otros. Los métodos empleados por Requena no eran claramente, los empleados por la arqueología sistemática de aquellos tiempos, por lo que carecían de documentación y datos precisos como ubicación, descripción de los sitios, materiales, tiestos y restos óseos y la relación contextual. Lo que es innegable es que los resultados de sus investigaciones tuvieron repercusión en el ámbito intelectual y hasta político venezolano, difundiendo públicamente sus resultados. Se podían apreciar las características de las figurinas y las dimensiones de las urnas mortuorias de los antiguos valencioides. Su trabajo es particularmente interesante para nuestro estudio debido a la descripción detallada que hizo de las figurinas antropomorfas y de lo que  denominó como deformación craneal, aunque no intencional, que se presentaba.

Posteriormente, el mismo Rafael Requena invitaría a cuatro investigadores norteamericanos al país, Wendell Bennett, Alfred Kidder, George Howard y Cornelius Osgood, que venían financiados por la Standard Oil Company, y que harían excavaciones sistemáticas tomando en cuenta el contexto arqueológico (Vargas, 1986), aspecto anteriormente ignorado, lo que actualmente dificulta el conocimiento de la sociedad valencioide. Bennett sería primer arqueólogo invitado por Rafael Requena, proveniente del Museo Americano de Historia Natural. Sus excavaciones se centraron en gran medida en los montículos de Las Matas. Lo particular en el estudio de Bennett es que supuso dos etapas de ocupación: los depósitos durante la primera, evidenciaban desperdicios que eran arrojados desde viviendas palafiticas y, mientras en la segunda, por la fluctuación del nivel del lago fueron levantados montículos artificiales con fines habitacionales o funerarios (Gordones y Meneses, 2007).

Cornelius Osgood, por su parte provenía de la Universidad de Yale y comenzó sus excavaciones entre los sitios del El Charral y San Mateo, y más tarde en Tocorón, alrededor de 1934. Sus estudios son importantes por la descripción de las figurinas antropomorfas encontradas y su análisis. Finalmente, Alfred Kidder (1944), de la Universidad de Harvard, realizó en 1933 varias prospecciones en sitios de la cuenca del lago de Valencia. Sus excavaciones arrojaron datos cualitativos y cuantitativos para construir secuencias cronológicas-culturales regionales y relacionar sus estilos tempranos con la cerámica de tradición barrancoide del bajo Orinoco, cultura que llamó La Cabrera, mientras, también estableció una fase tardía denominada, Valencia. Argumentó también que el yacimiento La Cabrera no era únicamente dedicado a los enterramientos, sino que sugirió que era un sitio de habitación con entierros en su interior (Vargas, 1986).

Más adelante, José María Cruxent e Irving Rouse integran la información cronológica y cultural, definiendo lo que posteriormente se conocería como serie valencioide (Cruxent y Rouse, 1958). Entre 1942 y 1943, José María Cruxent había realizado estudios y prospecciones en los sitios arqueológicos de la cuenca del Lago de Valencia, incrementando su interés por la arqueología de Venezuela. En 1958, junto con Irving Rouse, arqueólogo de la Universidad de Yale, que se interesaba por la arqueología del Caribe, publicó el libro Arqueología Cronológica de Venezuela, con el cual se redefinió la arqueología en el país haciendo un recuento de los trabajos arqueológicos realizados hasta ese entonces y proporcionando información crucial para la cronología arqueológica de todo el territorio nacional. Sistematizando especialmente por regiones, describieron de la misma manera, el estilo La Cabrera (serie barrancoide) y el estilo Valencia (serie valencioide).

Por su parte, Miguel Acosta Saignes, en esa misma década, integra los rasgos culturales a su investigación de pueblos prehispánicos, pero a través de la etnografía y antropología histórica agrupando, de esta manera, los rasgos culturales de las sociedades valencioides dentro del área que llamó de la costa del Caribe (Molina, 2010)

En 1944, José Riatto Ciarlo analiza de lo que llamó los ídolos tacariguenses, correlacionando las manifestaciones intelectuales e ideales con la estructura material y económica. En su opinión, estas figurinas representaban la maternidad y el ideal cultural del rol femenino. Pensaba que el tocado de sus cráneos, con su forma de media luna, estaba relacionado con la idolatría a una diosa lunar y que esta representación de la diosa-madre era indicativa de una sociedad matriarcal (Ciarlo, 1944).

Hacia 1948 J.M Cruxent (1982) estudió un cráneo hallado a orillas del Río Vigirimita (Estado Carabobo) entre dos vasijas. Posteriormente en las excavaciones de Los Tamarindos, península de La Cabrera (estado Carabobo), el autor encontró enterramientos primarios y reportó la deformación craneal, aunque agrega que probablemente no fue usual (Cruxent, 1982). Igualmente reporta en los yacimientos de La Mata, Tocorón y Los Tamarindos de los estados Aragua y Carabobo. Sin embargo los enterramientos se hacen más numerosos y la deformación craneal artificial mas común en los estratos valencioides superiores que en capas mas bajas del estilo La Cabrera.

La Fundación Lisandro Alvarado, dirigida por Henriqueta Peñalver, ha sido desde la década de los sesenta del siglo XX, la encargada de dirigir las investigaciones realizadas en la cuenca del Lago de Valencia y de la curaduría de los Museos de Arqueología de Valencia y Maracay. (Díaz, 2004 En: Antczak y Anctzak, 2006). Excavaron los sitios principales de La Mata y La Pica y, según Peñalver (1967), los artefactos recuperados fueron relacionados con las prácticas funerarias. También hizo investigaciones en sitios de suma importancia como Los Cerritos, El Roble, La Iguana, Ocumare y Combuto entre otros. El material recolectado incluía cerámica, urnas funerarias, vasijas, figurinas antropomorfas y zoomorfas, pipas, huesos de mamíferos y huesos humanos. Sin embargo, los datos publicados son insuficientes para establecer un modelo o patrón cultural y político de los habitantes de esta región. En este mismo sentido, Julio Peñalver (1969) publica un estudio de las deformaciones maxilo-dento-faciales de los habitantes de la cuenca del lago de Valencia, describió las formas anormales que pudo distinguir en los cráneos y las dividió en cinco grupos: deformaciones patológicas, accidentales, póstumas, inconscientes y las étnicas, que asoció con prácticas religiosas y nociones estéticas. (Peñalver, 1969).

Sanoja y Vargas (1978) definen las culturas asentadas en la cuenca del Lago de Valencia como las más desarrolladas, y, aunque no hacen mención de la deformación craneal artificial en esta zona, hablan de la complejidad de los enterramientos, así como el número de ofrendas asociadas como indicativos de la estratificación social (Bonilla y Morales, 2001). Igualmente en 1999, a partir del materialismo histórico abordan específicamente los rasgos de la organización social, producción y reproducción como un sistema de ideas materializadas a través de artefactos y demás restos materiales. Proponen también las diferentes instancias de formación económico social que van desde la sociedad igualitaria o tribal, que ubicaron entre el 1640+/- 120 años A.P para la región, y estaba representado por la fase La Cabrera. En su modo de vida, se combinaron la recolecta de moluscos marinos, la pesca y la caza marinas, la pesca fluvial y la vegecultura. En el ritual mortuorio de estas sociedades, se nota cierto tratamiento diferenciado y, sólo en algunos individuos se observan ofrendas que, posiblemente, aludían a las ocupaciones y el estatus social. El cacicazgo o modo de vida jerárquico, se ubica entre el 980 +/- 100 y 1000+/- 100 años A.P y enuncia la nueva ocupación de la cuenca del lago de Valencia por grupos identificados como tradición Arauquín del Orinoco medio tardío. En este modo de vida, se puede observar complejos ajuares funerarios en los que un segmento de la población generalmente era enterrada en urnas de barro  y presentaban deformación intencional del cráneo, lo cual testimoniaría la presencia de linajes diferenciados o dominantes dentro de esta tradición valencioide. Habrían sido una sociedad estratificada cacical, en la que hay diferenciación jerárquica interna y sistemas de alianza (Sanoja y Vargas, 1999).

En 1974, Arechavaleta realiza un estudio de deformación craneal valencioide y establece medidas craneales y tipos de deformación, identificando los tipos tabulares oblicuos y erectos y anulares. En 2000, Rosario Massimo trabajó con cráneos no deformados de La Pica y Río Blanco presentando su distribución por sexo y tipo de enterramiento.

En los años ochenta del siglo XX, María Magdalena Antczak y Andrej Antczak, inician el proyecto de arqueología en las islas venezolanas del archipiélago de Los Roques, proyecto que continúan hasta el presente y en el que han expuesto e interpretado el valor simbólico de la cerámica valencioide. Su publicación de la obra Los Ídolos de las Islas Prometidas, es una recopilación de todos los años de trabajo y en él realizan un análisis estilístico exhaustivo de las figurinas halladas (Antczak y Antczak, 2006). Estos autores consideran que estas figurinas representaban y sustituían materialmente a la mujer en el desarrollo de actividades rituales y religiosas por ciertos grupos sociales masculinos en las islas de Los Roques (Navarrete, 2010).

Es importante destacar que Juan Munizaga (1987) estableció un período de dominio del tipo de deformación tabular oblicuo, que ubicó temporalmente alrededor de 2000 a 1000 años A.P. período de auge de la cultura valencioide. Indicó que aunque no hay mucha información para Norte y Mesoamérica para este período sobre esta práctica, existen evidencias directas que en el área Maya la deformación tabular oblicua era conocida y practicada (STEWART1949; Saul, 1972). Lo mismo para etapas relativamente contemporánea en Sudamérica, en poblaciones como La Tolita y Guazango (Ecuador), Nazca y Wari (Perú) y el Tiahuanaco costeño y las primeras fases de San Pedro de Atacama (Norte de Chile) por lo que supone posible que este tipo de deformación se haya difundido por el resto de Sudamérica (Munizaga, 1969; 1976 En: Munizaga, 1987).

Para 1995, Gloria Pereira analizó los caracteres discontinuos en cráneos deformados y no deformados a cargo de en la que se evaluaron veintidós caracteres discontinuos en una muestra de treinta y dos (32) cráneos de la región Aragua-Carabobo y pertenecientes a la colección del Museo de Ciencias. En ellos se pudo observar que en los cráneos con deformación aparecían ciertos rasgos morfológicos que no se presentan en los individuos con cráneos sin deformación como por ejemplo, los huesos wormianos coronales y la espina nasal aguda, mientras que los cráneos no deformados presentaban otros rasgos ausentes en los deformados como el foramen parietal y el torus supraorbital. Esto la hace suponer una posible influencia ambiental y sexual según los caracteres discretos del cráneo. Este estudio arroja ciertos patrones diferenciales de caracteres relacionados con el sexo y con la deformación intencional, por lo cual recomienda un estudio futuro en los que estos datos sean de carácter métrico.

Nuestro trabajo representa, precisamente, un intento de aproximación como recomendó Pereira, al estudio morfológico craneal, aún cuando, no fueron aplicadas las técnicas craneométricas.

En 2001, Mary Bonilla y Melba Morales, estudiaron cráneos con deformación artificial de las colecciones osteológicas de La Mata (Estado Aragua) y Los Cerritos, pertenecientes a las muestras colectadas en los Museos de Antropología, de La Fundación Lisandro Alvarado de los estados Aragua y Carabobo, ya que no habían sido analizados con esta óptica morfológica. Esta colección osteológica se encuentra fechada con una antigüedad de 2200 años A.P, según el estudio de Carbono 14 aplicado a una de las muestras de la colección Lago de Valencia (Boletines de Antropología 1964-65, 1967, 1968-71, 1993). Señalan la importancia de la influencia del norte de Colombia y de las Antillas que tuvieron los antiguos pobladores de la cuenca del Lago de Valencia (Sanoja y Vargas 1978; Peñalver 1993) y que a nivel comparativo se pueden correlacionar con los estilos cerámicos, patrones alimenticios, costumbres mágicos-religiosas, características físicas (donde se inserta la plástica deformante) y forma de vida de los antiguos pobladores Chibchas de los Andes Orientales de Colombia (Rodríguez, 1999). Su muestra estaba constituida por un total de cuarenta y dos (42) cráneos con la alteración plástica cultural, siendo la más frecuente en ambas colecciones  la tabular oblicua, con 95.2% para Las Matas y  85.7% para Los Cerritos, ante otras formas de deformación. Determinaron que el dispositivo deformante utilizado se evidencia en las impresiones dejadas en el cráneo, y así determinan que el más utilizado en las muestras analizadas es el aparato cefálico o tabla deformante libre, aún cuando acotan que la información arqueológica mexicana refiere el aparato corporal o de cuna también puede producir este tipo de deformación. Evidenciaron casos aislados del tipo de deformación tabular erecta, lo que indica que si bien la deformación tabular oblicua es la más frecuente, no es la única que se ponía en práctica entre los habitantes de la cuenca del Lago de Valencia, y finalmente, en cuanto al sexo, la mayor incidencia de aparición del rasgo la encontraron en los individuos masculinos. Este resultado podría estar en parte influenciado por las condiciones gráciles de los cráneos femeninos, lo que los hace relativamente más susceptible a alteraciones post-deposicionales de recolección arqueológica y conservación.

Por su parte, la reconstrucción bioarqueológica de los restos humanos de La Mata, fue realizado por Yoanna Chávez (2004), quien investigó las características biológicas basada en tres categorías: morfológica, que incluía la edad y el sexo; la biocultural, basada en la deformación cefálica y las marcas de exposición intencional al fuego y, finalmente, la ritual, evidenciada en el tipo de enterramiento y la energía invertida en su práctica. Chávez aplicó un análisis estadístico de correspondencia múltiple para obtener  la representación gráfica de las diferentes categorías en ejes que marcaron las diferentes culturas funerarias. Para Chávez las deformaciones cefálicas pueden tener su base en la estructura jerárquica de la sociedad valencioide, en las que estas representaran el estatus de quienes se deformaban el cráneo.

En 2006, Marjorie  Bonilla realizó una aproximación paleopatológica para reconstruir el modo de vida de la población de La Pica. Centrada en las patologías humanas presentes en la colección osteológica del Museo de Antropología y Arqueología del Estado Aragua,  (Maracay), para comprender en que medida se reflejan es los restos óseos, los fenómenos biológicos y socioculturales que afectaron a los habitantes prehispánicos de la región. Las patologías encontradas fueron de tipo dental, traumas, tumores, malformaciones, procesos infecciosos y la enfermedad articular degenerativa (Bonilla, 2006).

Volviendo al paradigma de la Arqueología Social Latinoamericana, Iraida Vargas (2007), consideró que la producción de las figurinas antropomorfas femeninas, se vinculó a una estructura social jerarquizada, afirmando que la mayoría de las figurinas representa a mujeres pertenecientes a los linajes dominantes.

Más recientemente, Nancy Escalante (2008) busca establecer las características históricas dentro de las cuales se produjeron las figuras antropomorfas valencioides, vinculando la representación del cuerpo femenino con los controles sobre la reproducción. Plantea que la iconografía femenina de Valencia expresa un mecanismo de complejización social que, una vez que alcanza su auge, refuerza la posición ideológica del género, que entiende como la adscripción de un sujeto o conjunto de individuos a las normas o roles que rigen el sexo biológico. De la misma manera, toma en consideración la hipótesis de Sanoja (1995) en la que indica que la deformación craneal no era un rasgo generalizado de la población prehispánica de Valencia y que la iconografía de mujeres con el cráneo deformado alude posiblemente, a un sector dominante de la población que regulaban el poder político. Establece también, que dentro de este cacicazgo, existió un circuito de intercambio de mujeres, en la que la representación iconográfica de su cuerpo, contribuía a la difusión de los valores dominantes (Escalante, 2008).

Por ultimo, Escalona (2009) habla de la figuración humana en los principales estilos cerámicos del país y de la importancia que tuvieron en el imaginario colectivo de estas tradiciones culturales, son:

…formas de expresión y contemplación  de la identidad   socialmente   promulgada y aceptadas por  la sociedad en la que éstas fueron producidas y utilizadas; por ello la importancia de la miniaturización del cuerpo socializado. Estas figuras simplificaban cada uno de los microcosmos simbólicos,   estéticos e ideológicos y abrían  un mundo de relaciones  tan extenso y  complejo  que   de otra forma sería virtualmente   inasible (Escalona, 2010: 116).


Asume la figuración antropomorfa como parte de la dinámica social, en las que incluye la organización social y las representaciones materiales de poder de las culturas estudiadas. Las figurinas responden a la relación entre los individuos de la cultura productora y su ambiente. La mujer, en el caso valencioide, se encuentra representada de manera material o física bajo cánones estéticos específicos, a las que se le In-corporaban un poder mediante la representación de la deformación craneal o máscara. Es decir, a través de las relaciones de poder socio-cultural que legitimaban las categorías de género mediante la incorporación y activación de códigos materiales y preformativos sobre los cuerpos sexuados social y culturalmente.

Fuente: Tesis de Grado. 2012. La Deformación Craneal Artificial y su Representación Alfarera: una visión de género en la sociedad Valencioide a través del estudio comparativo de sus restos óseos y sus figurinas antropomorfas. Cap 3. María Camico

Artículos Relacionados



0 comentarios :

Publicar un comentario